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¿Te gustaría ser como fue tu padre? ¿O como fue tu madre?

22 sept
5 min de lectura

Tómate un segundo antes de responder. No pienses en lo que "deberías" sentir. Sólo nota qué te viene: un sí que se instala cómodo en el pecho (apertura corporal), o un no que sale casi como defensa (contracción corporal). El cuerpo nunca miente.


Sea cual sea tu respuesta, dice algo de ti. Y probablemente no lo que crees.


Porque un sí rotundo, sin fisuras, no siempre habla de una infancia perfecta. A veces habla de unos padres que siguen intocables en un altar, sin haber sido mirados nunca como lo que son: personas.


Y un no rotundo tampoco es libertad. Muchas veces es una herida que sigue abierta, un resentimiento que todavía manda, aunque se disfrace de independencia.


Entre ese sí ciego y ese no dolido hay un camino. Y ese camino tiene etapas.


El niño: mis padres son intocables

Es el primer estadio, el más primario. Mis padres son buenos, son grandes, son casi dioses, y nadie tiene derecho a cuestionarlos. Es una etapa necesaria: de bebés y de niños pequeños dependemos por completo de ellos para sobrevivir, así que el psiquismo protege esa dependencia idealizando. Si mis padres fueran "malos", yo estaría en peligro. Así que, aunque hicieran daño, aunque fallaran, los seguimos viendo perfectos.


El problema no es pasar por esta etapa. El problema es quedarse ahí de adultos: seguir defendiendo a ultranza una imagen que ya no corresponde a la realidad, seguir sin ver a esas dos personas como lo que son.


El adolescente: cuestionar para nacer

Hay una frase que se atribuye a Jesús: que sólo podían seguirlo quienes habían llegado a "odiar" a su padre y a su madre. No habla literalmente de odio. Habla de un corte necesario: el momento en que dejas de tragar entera la versión que te dieron de la vida, de ti, del mundo, y empiezas a cuestionarla.


Ese es el segundo estadio, el adolescente: mis padres no me quieren, mis padres se equivocaron, mis padres me hicieron daño. Aparece la rabia, el resentimiento, la exigencia de que fueran de otra manera. Y aunque duela, es sano. Es el único camino para dejar de ser un calco de sus creencias y empezar a construir una percepción propia del mundo y de ti misma.


El riesgo, otra vez, es quedarse a vivir ahí. Convertir la herida en identidad. Seguir, veinte o treinta años después, señalando hacia fuera a quien tiene la culpa de cómo te sientes hoy.


El adulto: verlos como lo que son

El tercer estadio es la percepción neutra. No es indiferencia, es otra cosa: ver a tus padres como seres humanos, con lo bueno y con lo limitado, y dejar de esperar que sean distintos de como son. Desde ahí, tus heridas pasan a ser tu responsabilidad. Dejas de buscar culpables ni salvadores fuera de ti.


La biodescodificación y la bioneuroemoción llevan décadas describiendo este mismo recorrido. Enric Corbera insiste en que aceptar a los padres pasa por comprender el contexto emocional en el que ellos vivieron cuando te educaban: no para justificar el daño, sino para salir del lugar de juez. Su frase, tomada de Anthony de Mello, es contundente: honrar a tu padre y a tu madre significa liberarte de su programación. Salomon Sellam, desde el concepto de proyecto sentido, explica algo parecido desde otro ángulo: muchas veces el hijo se convierte en la solución inconsciente a los conflictos, deseos y carencias de sus padres. Reconocer ese mandato heredado es lo que permite dejar de cargarlo como propio. Abrirte a la Libertad de SER quien eres.



Amar no es lo mismo que querer tener cerca

Aquí me gusta abrir una distinción que uso mucho en consulta. Una cosa es amar: la relación profunda, casi espiritual, que sostienes con tus padres una vez comprendes desde dónde actuaban. Ya no les pides nada. Sabes que llevan una carga inconsciente heredada del clan, que no son plenamente conscientes de ella, que no están preparados para cuestionarla. Respetas su decisión, su camino, lo que su alma sostiene. Y sueltas la necesidad de salvarlos. Y agradeces profundamente la vida que te dieron y todo lo vivido, todo.

Y otra cosa distinta es querer, en el sentido humano y cotidiano: qué conductas aceptas en tu vida, a quién decides tener cerca, con quién compartes tu día a día. No es contradictorio amar a alguien en ese nivel profundo y, al mismo tiempo, no quererlo en tu vida diaria. El ser humano es complejo. A veces la relación se ha roto a nivel humano, y aun así puedes llevar a tus padres en el corazón sin necesidad de volver a verlos.


Enric Corbera lo dice con una claridad que suscribo entera: tienes derecho a poner distancia sin dejar de amar. Alejarse no es cortar el vínculo, es transformarlo. El perdón y la reconciliación no son lo mismo: puedes estar en paz por dentro sin que eso te obligue a recuperar el contacto.


Un perdón sin condescendencia

Para mí el perdón no llega desde la superioridad. No es un "como yo soy mejor persona, te perdono" con aire de buena cristiana. Eso sigue siendo ego espiritual, solo que disfrazado de luz.


El perdón real llega cuando comprendo desde dónde actúa el otro: desde una información inconsciente heredada del clan, con la que está identificado. No es él en su yo profundo, es su papel egoico, cumplido casi a la perfección. Y ese papel, por doloroso que sea de ver, forma parte del plan perfecto de la creación en este momento. Yo no tengo la autoridad, desde mi percepción limitada, para decidir cómo tendría que comportarse el otro ahora mismo. Su programación lo lleva a actuar así, casi como una enfermedad. Y aun así, comprender y poner límites no son cosas contrarias. Las dos son legítimas, y pueden convivir.


Desde la TCU, este perdón te lleva también hacia dentro: a perdonarte a ti misma. Por haber idealizado. Por haber resentido después. Por seguir cayendo, de vez en cuando, en la trampa de la niña interior que solo quería ser vista, reconocida, validada, amada por quienes le dieron la vida.


¿Y tú, en qué estadio estás?

Niño, adolescente o adulto no son edades. Son estados de conciencia, y puedes tener setenta años y seguir defendiendo a tus padres como si fueras la más pequeña de la casa, o seguir resentida como si tuvieras quince.


La pregunta no es si tus padres hicieron bien o mal. La pregunta es:

¿desde qué estadio los estás mirando hoy?

 

Ester Torres es terapeuta, escritora y creadora de la TCU (Terapia desde la Conciencia de Unidad), un enfoque que integra la Conciencia de Unidad, la Biodescodificación y la Escritura Terapéutica.

1ª Mirada TCU — 11€ · Sesión individual — 77€/60min · Sesión de pareja — 111€/90min


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